El mes pasado se celebró el Día Internacional de la Mujer, el ya famoso 8M. Bajo esta conmemoración cada año se habla más sobre las agresiones que muchas mujeres hoy en día siguen padeciendo de manos de los hombres y de una sociedad machista; de hecho, muchas mujeres han aprovechado la coyuntura para alzar la voz y hacer pública alguna agresión sufrida por hombres. De igual forma, madres y familiares nos recuerdan y exigen a las autoridades esclarecer los feminicidios de sus seres queridos… esta fecha esta marcada por la presencia de las mujeres que abren puertas para una sociedad más justa y equitativa.
Sin embargo y pese a lo anterior, me parece que poco se habla sobre la violencia que las mismas mujeres ejercemos sobre las mujeres. Como bien sabemos, la violencia no únicamente esta relacionada con la agresión física. Las palabras, las ofensas, la desacreditación y la difamación son otras formas de violencia que también ejercemos las mujeres hacia nosotras mismas. ¿Por qué las mujeres también desacreditamos a otra mujer?, ¿por qué apuntamos el dedo de crítica hacia la superación, trabajo y profesionalismo de nuestras iguales? ¡Si!, somos las mismas mujeres las primeras en señalar como puta a la mujer que obtuvo un ascenso, como zorra a la “amiga” divorciada y de tonta a la “bonita”, entre otros. Somos nosotras mismas las primeras en aventar la piedra, las que nos criticamos y difamamos unas a otras en lugar de ayudarnos; las que apoyamos a los hombres en su concepción de que la amistad hombre-mujer no existe y en asegurar que cualquier relación entre ambos sexos tiene una connotación sexual.
Somos nosotras las que investigamos el día a día de nuestra pareja para ver si esta “con alguien” … con una zorra. Defendemos al hombre acusando a la mujer de promiscua, es más, lo disculpamos a él y la culpa la colocamos en otra mujer. ¿Cuántas veces hemos escuchado a una mujer culpar a otra por la infidelidad de un hombre?
Criticamos nuestro andar, vestir y forma de relacionarnos. Nos condicionamos quizá aún más de lo que lo hacen los hombres. Además, y de forma paralela, somos en muchas ocasiones las que no marcamos límites y disculpamos las acciones violentas y machistas. Por supuesto que hay muchas mujeres amenazadas, amedrentadas, que no pueden parar el maltrato y viven atrapadas en la violencia y la desacreditación, pero también hay quienes ponen por encima de todos a “su” hombre y culpan a otra mujer de las bajezas que este es capaz de hacer.
Creo que no hemos entendido el daño que le hacemos a otra mujer y a nosotras mismas, cuando hablamos mal. No hemos dimensionado que, al hablar mal de una, hablamos mal de todas. Si cuando una mujer asciende profesionalmente somos nosotras mismas las primeras en percibirlo como un acto de putería y no como una respuesta justa al mérito, esfuerzo y profesionalismo, estamos marcando el precedente de que las mujeres exitosas son, por ende, “putas” y eso nos lastima a todas, a todas. Constantemente nos pisamos a unas a otras para después emprender una lucha en beneficio de todas, raro, ¿no?
¿Cuál sería el resultado si esa misma unión, solidaridad y empatía que mostramos durante las marchas del 8M, se viera reflejada también dentro de nuestro circulo social, nuestro trabajo y entorno más cercano? ¿Qué beneficios tendríamos como mujeres y como sociedad, si fuéramos nosotras las primeras en parar cuando se esta hablando mal de una mujer en nuestra presencia? Y de verdad, estuviéramos unidas, ¿cuántos serían los que se atreverían a señalar a una mujer si supieran que frente a nosotras es algo inadmisible? ¿Qué tal si empezáramos a adjudicarle a los hombres la responsabilidad que les toca y dejamos de expresarnos de otra mujer de forma tan ofensiva y despectiva?
Es momento de empezar a educar a las mujeres, desde niñas, en el respeto y apoyo entre nosotras. Quitar de nuestro vocabulario, la gorda, la flaca, fea, tonta, golfa, etc. Educarlas en el respeto a sí mismas y su valor como mujeres dejando atrás la creencia de que “son más” si tienen un hombre a su lado. De igual forma, educar a los niños dejando de ser para ellos las que todo resolvemos y “perdonamos”. ¿Qué tal si les enseñamos a respetarnos, a compartir las responsabilidades y obligaciones enseñándoles a ver a una mujer como su igual y dejando de pensar como madres, que la mujer de nuestro hijo no es suficiente?
El propósito del 8M debe de permanecer en la sociedad todo el año y no únicamente un día. Nosotras debemos de actuar en consecuencia a lo que reclamamos y debemos de empezar a respetarnos entre nosotras. Una sociedad únicamente alcanzará igualdad cuando tanto hombres como mujeres aprendamos a darle a la mujer el valor y respeto que se merece.
El respeto, la libertad y los derechos de una mujer deben de ser procurados y defendidos por todos.