"[...] la producción capitalista [...] solo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el trabajador."Karl Marx
Toda la riqueza se remonta al capital natural (“la tierra”) y al capital humano (“el trabajador”).
Esta premisa es importante si queremos entender de dónde venimos y hacia donde vamos, empezando bajo la lógica terriblemente errónea capitalista de acumulación por acumulación del capital, como un bien en sí mismo, en donde la naturaleza era vista como aquello a dominar, someter, a involucrar en el sistema productivo y muy lejos estaba de considerársela finita. Retomando el metabolismo social de Marx, el concepto de riqueza fue ampliado; En el informe The Changing Wealth of Nations 2018 se hace un seguimiento de la riqueza de 141 países entre 1995 y 2014 combinando capital natural (como bosques y minerales), capital humano (ingresos a lo largo de la vida de una persona), capital producido (edificios, infraestructura, etc.) y activos extranjeros netos.
El concepto de ruptura que hace notar Marx hace más de 100 años, podría decirse que introduce las bases del concepto de sostenibilidad, preservación y responsabilidad ética con las generaciones futuras en torno al cuidado del sistema natural. Por lo tanto, el rumbo desarrollista marcado por un sistema económico que privilegia y tiende a preponderar el capital por sobre los demás factores sociales y ambientales es obsoleto.
“No puede haber desarrollo sostenido y confiable si no tenemos en cuenta el capital humano y natural como los componentes más importantes de la riqueza de las naciones”Jim Yong Kim Expresidente del Grupo del Banco Mundial
Ejemplo de ello es la industria Minera. En México, el sector minero considera en su crecimiento algunos indicadores macroeconómicos como la Inversión Extranjera Directa (IED), la producción minera y las exportaciones, además de la generación de empleos, que constituyen un motor de desarrollo. Cabe señalar que, durante el periodo 2003-2017, México ocupó el tercer puesto en la captación de flujos de IED en minería para América Latina (15%). El volumen de la producción de los principales minerales metálicos creció considerablemente entre 1980-2018, siendo el oro el que más se incrementó registrando su volumen de extracción más de 26 veces (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 1984; Servicio Geológico Mexicano [SGM], 2019). Por su parte, el valor de las exportaciones de minerales metálicos y no metálicos aumentó 20.5 veces entre 2000-2018, pasando de US$881 millones a US$18 124 millones (SGM, 2001, 2019). Mientras que el empleo del sector minero se incrementó 118% en el periodo de 1980-2018 (SGM, 1983, 2019).
Sin embargo, esta visión de desarrollo tiene su base interpretativa en la economía convencional, ya que se sustenta en el "crecimiento económico como atributo indispensable del desarrollo". Este enfoque sostiene que los beneficios económicos supera las desventajas sociales, culturales y ambientales que implica la actividad minera a gran escala.
Se ignoran, por lo tanto, los costos de reposición de patrimonio ecológico dañado. No se contempla el volumen de materiales perturbados por la interacción entre el proceso económico de extracción mineral y el impacto que genera en el entorno natural.
Aunado a que, lejos de beneficiar a las economías locales y mejorar las finanzas, la minería deja a su paso importantes problemas sociales y medioambientales, esto se debe a que la extracción consiste en un conjunto de relaciones productivas organizado sobre la explotación y comercialización de la naturaleza, que promueve vínculos de comercio desigual debilitando al país de donde se extrae a partir de la dependencia, pues se enfoca en el intercambio internacional y no en el fortalecimiento de la cadena de valor a nivel local.
Por tanto, el extractivismo minero implica un intercambio económico y ecológico desigual; este último se centra en los flujos asimétricos de recursos biofísicos (trabajo, tierra, energía y materiales) que requiere el proceso de extracción de minerales con el requerimiento de grandes volúmenes de agua y químicos como cianuro de sodio o ácido sulfúrico, así como la ocupación de grandes cantidades de terreno.
Sobre esta línea se ubican las Manifestaciones de Impacto Ambiental y el Fondo Minero, en las cuales se menciona que "76 % de los 22 municipios que concentran la producción de oro en México tienen niveles de pobreza mayores al promedio nacional, y más de la mitad superó el nivel promedio de pobreza extrema" (FUNDAR, 2017, p. 233).
La industria minera en México no logra alcanzar el equilibrio entre la pérdida de patrimonio natural garantizando una mejor calidad de vida de la población local. No se está considerando la magnitud de los impactos ambientales, culturales y sociales que implican daños, como el agotamiento del agua, los cambios en la forma de vida rural y el desplazamiento forzado de comunidades.
Es necesario que la productividad capitalista provoque la degradación del capital natural.
¿Cómo plantear el progreso de modo tal de volverlo compatible con la preservación del equilibrio ecológico del planeta?
La productividad capitalista si provoca la degradación del capital natural, sin embargo, la gestión de la explotación de los recursos naturales ayudaría a lograr la capacidad regenerativa natural de los mismos. El capital natural es la base de la economía. La viabilidad de las empresas, y de la agricultura en particular, depende del capital natural. Lamentablemente, en algunos modelos de negocio, el capital natural se ha descuidado en gran medida; es "invisible" desde el punto de vista económico. Como resultado de ello, estamos presenciando la sobreexplotación de nuestro capital natural finito a través del cambio climático, la erosión de los suelos, la contaminación del agua y la pérdida de biodiversidad y hábitats silvestres tales como bosques y humedales. La creciente escasez de recursos naturales, tanto renovables como no renovables, afecta al desarrollo sostenible de los agricultores, las empresas y las naciones.
Un sector económico que debería de trabajar en la valoración del capital natural es el de alimentación y bebidas. Este sector es clave a nivel mundial, con una contribución que supera el 8% del PIB global. Si tenemos en cuenta que en 2030 seremos casi 8.000 millones de personas que alimentar, cabe esperar que esta fuente de riqueza siga creciendo. Sin embargo, este impulso para el sector no le sale gratis al Planeta. Investigadores de la Universidad de Oxford calcularon que el 83% de las tierras de cultivo globales están destinadas a la obtención de productos de origen animal. El sector de la alimentación y bebidas genera distintos impactos ambientales en todo el ciclo de vida de los productos.
En este ciclo de vida intervienen:
Empresas de insumos: semillas, fertilizantes y maquinaria
Productores: agricultores y ganaderos
Comerciantes y transportistas
Las propias empresas manufactureras de comidas y bebidas
Retailers: supermercados y puntos de venta
En cada uno de los eslabones de la cadena se producen distintos tipos de impacto. Por ejemplo, la obtención de materias primas a través de la agricultura, acelera la deforestación. De hecho, se sabe que la agricultura es responsable de la desaparición de los bosques a nivel global. Concretamente, del 30% de superficie forestal en África y Asia, hasta casi un 70% en Latinoamérica. Este cambio de uso de suelo lleva consigo la degradación de los suelos y, en ocasiones la contaminación de fuentes de agua. Informes del World Watch Institue, basados en estadísticas de la FAO, datan que para producir un 1kg de carne de vaca, se necesitan más de 15.000 litros de agua, para la de cerdo unos 8.000 litros y la de pollo más de 4.000 litros. En total, el 20% del agua consumida en el planeta se emplea para la producción.
De manera transversal, en distintos puntos de la cadena de suministro se producen gases de efecto invernadero, fundamentalmente CO2 y metano. Estos gases contribuyen a su vez al calentamiento global.
Actualmente, la carne de vacuno es la principal causa de la deforestación a nivel mundial, responsable del 41% de la destrucción de selvas tropicales. En comparación, la tala para la obtención de madera y papel es solo del 13%. Gran parte de la ternera que se vende en la Unión Europea es importada de Brasil, el país con más pérdida anual de selva. La superficie terrestre destinada al ganado es del 30%; 70% del Amazonas ahora son pasturas que producen por segundo 44,500 kg de excremento lo que genera el 20% de los gases de invernadero a nivel mundial. La pérdida de selvas tropicales y la pérdida de biodiversidad, cuyas funciones son esenciales tanto para la salud humana como para la planetaria, van al unísono. Se ha estimado que se han perdido más de dos tercios de las poblaciones de animales silvestres en los últimos 40 años.
Mientras que los árboles de las selvas tropicales absorben dióxido de carbono, la emisión de gases contaminantes debida a la industria ganadera intensiva sigue creciendo. El sector alimentario es un contribuyente sustancial, que según datos recientes es causante de entre el 20 y el 40% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. En general, los productos animales producen entre 10 y 50 veces más gases de efecto invernadero que los vegetales.
“Todo acto de dar forma a una sustancia natural debe obedecer a la legalidad peculiar de la materia”, afirma Schmidt (1976, 84), por ello “el hombre sólo puede proceder en su producción como la naturaleza misma, es decir, sólo puede cambiar las formas de la sustancia” Karl Marx El Capital, tomo i, 47
La conexión que hace Marx de su teoría económica con los procesos naturales, es una distinción clave entre valor de uso y valor de cambio: las condiciones de existencia del hombre independiente de las formas sociales, constituye una necesidad por el capital natural que produce el metabolismo social entre el hombre y la naturaleza. Sustituir materiales no renovables específicos por materiales renovables es una vía para alcanzar la sostenibilidad.
Es preciso hacer que los modos de gestión tengan en cuenta un enfoque “ecointegrador” y abrir la reflexión económica al mundo físico, más allá del valor, analizar las reglas que rigen la evolución conjunta de los costes físicos y los valores monetarios que se generan a lo largo del proceso económico y proponiendo criterios que permitan corregir la asimetría que se observa entre ambos.