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El Mundial y la Sostenibilidad

7 de julio de 2026 · 4 min de lectura · Ximena Ugarte Luiselli
El Mundial y la Sostenibilidad

Antes que una fiesta deportiva, un Mundial fue un enorme laboratorio de sostenibilidad. Durante poco más de un mes concentraron millones de personas, miles de vuelos, grandes inversiones en infraestructura, consumo de energía, generación de residuos y una intensa actividad económica. Por ello, la verdadera pregunta ya no fue si un Mundial generó impactos, sino cómo logró que el legado positivo superara a la huella que dejó.

En los últimos años, la sostenibilidad dejó de ser un tema periférico para convertirse en uno de los criterios con los que se evaluó el éxito de los grandes eventos deportivos. El Mundial de 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, representó una oportunidad inédita para demostrar que el deporte podía ser un motor de desarrollo económico, social y ambiental cuando existía una estrategia integral.

Uno de los beneficios más visibles fue la derrama económica. Millones de visitantes impulsaron sectores como el turismo, la hotelería, la gastronomía, el transporte, el comercio y el entretenimiento. Para miles de pequeñas y medianas empresas, el Mundial significó una oportunidad única para incrementar ventas, generar nuevos empleos y posicionar sus productos ante visitantes de todo el mundo. Sin embargo, desde una perspectiva de sostenibilidad, el verdadero reto consistió en que esa riqueza permaneciera en las comunidades anfitrionas y no se limitara únicamente a las semanas que duró la competencia. El éxito se midió por la capacidad de fortalecer economías locales, desarrollar proveedores, impulsar emprendimientos y dejar capacidades instaladas para el futuro.

Otro aspecto fundamental fue el aprovechamiento de la infraestructura existente, gran parte de las sedes del Mundial 2026 ya contaban con instalaciones deportivas consolidadas y esto redujo significativamente el consumo de materiales, la generación de residuos de construcción y la ocupación de nuevos terrenos, alineándose con principios de economía circular y uso eficiente de los recursos.

La movilidad también fue un indicador clave. El enorme flujo de aficionados obligó a fortalecer el transporte público, mejorar la conectividad urbana e incentivar alternativas de menor impacto ambiental. Al término del Mundial, la idea -espero- es que estas inversiones permanezan en beneficio de la población local, demostrando con ello que la sostenibilidad no terminó con el último partido.

Desde la perspectiva ambiental, el principal desafío siguió siendo la reducción de emisiones de carbono. Los desplazamientos internacionales de millones de personas representaron la mayor parte de la huella de un Mundial. Ningún programa de reciclaje pudo compensar por sí solo ese impacto. Por ello, las estrategias más efectivas combinaron energías renovables, eficiencia energética en estadios, gestión responsable del agua, disminución de plásticos de un solo uso, separación y valorización de residuos, así como programas de compensación de emisiones y restauración de ecosistemas.

Pero la sostenibilidad fue mucho más allá del medio ambiente. También implicó inclusión, accesibilidad y bienestar social. Un Mundial verdaderamente sostenible debió garantizar espacios seguros para mujeres, personas con discapacidad, adultos mayores y familias; promover condiciones laborales dignas para quienes participaron en su organización; respetar los derechos humanos en toda la Cadena de Suministro y aprovechar la enorme visibilidad del evento para impulsar mensajes de igualdad, diversidad y convivencia.

Existió además un componente menos visible, pero quizá más importante: el legado. Los estadios se vaciaron, los aficionados regresaron a casa y las celebraciones terminaron. Lo que permaneció en muchas ciudades -no sabes bien a bien sinuestra-, las empresas que crecieron, las personas capacitadas, las nuevas oportunidades de empleo, la promoción internacional del país y, sobre todo, el aprendizaje de que los grandes eventos podían planearse bajo criterios de sostenibilidad desde su diseño.

El Mundial de 2026 ofreció a México una vitrina extraordinaria para demostrar que la sostenibilidad no estuvo peleada con el desarrollo económico. Al contrario, ambos conceptos pudieron fortalecerse mutuamente cuando las decisiones se tomaron pensando en el largo plazo. Si la organización logró equilibrar crecimiento, inclusión social y protección ambiental, el mayor triunfo no fue únicamente el que ocurrió dentro de la cancha, sino el legado que permaneció mucho después de que se jugó la final.

Firma de Ximena Ugarte Luiselli