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Copenhague Fashion Week: cuando la sostenibilidad también significa democratizar la moda

14 de agosto de 2026 · 5 min de lectura · Valeria García Sierra
Copenhague Fashion Week: cuando la sostenibilidad también significa democratizar la moda

Durante décadas, las grandes semanas de la moda construyeron buena parte de su atractivo alrededor de la exclusividad: invitaciones imposibles de conseguir, primeras filas reservadas para celebridades, automóviles de lujo llegando a las puertas de los desfiles y prendas concebidas más como símbolos de estatus que como objetos para acompañar la vida cotidiana.

Copenhague parece estar proponiendo algo diferente.

La edición Primavera/Verano 2027 de Copenhagen Fashion Week (CPHFW), celebrada del 3 al 7 de agosto de 2026 y coincidiendo con su vigésimo aniversario, volvió a demostrar por qué la capital danesa se ha convertido en uno de los laboratorios más interesantes para imaginar el futuro de la industria.

Y no solamente por hablar de sostenibilidad.

Copenhague está cuestionando, al mismo tiempo, qué significa el lujo, quién puede participar de la moda y cuál debería ser la relación entre la ropa y nuestra vida cotidiana.

De hablar de sostenibilidad a exigirla

Uno de los grandes diferenciadores de Copenhagen Fashion Week es que la sostenibilidad dejó de ser únicamente parte del discurso para convertirse en un criterio de participación.

En 2020, CPHFW introdujo su Sustainability Requirements Framework, un marco que establece requisitos ambientales y sociales para las marcas participantes. Desde enero de 2023, el cumplimiento de estándares mínimos forma parte del proceso para acceder al calendario oficial de desfiles y presentaciones.

Actualmente, el marco contempla 19 estándares mínimos, además de 87 acciones adicionales que las marcas pueden utilizar como herramienta de autoevaluación y mejora.

Los criterios abarcan diferentes puntos de la cadena de valor y también llegan a la producción del propio desfile. Entre otras disposiciones, Copenhagen Fashion Week exige medidas relacionadas con la reducción de residuos, eliminación de determinados plásticos de un solo uso en backstage, gestión de las emisiones generadas por los eventos y adhesión a principios de diversidad e inclusión.

Esto es particularmente relevante desde una perspectiva ESG porque modifica el incentivo. La sostenibilidad deja de ser únicamente algo que una marca comunica después de producir una colección y se convierte en una condición que influye en la posibilidad misma de ocupar un espacio dentro de una de las plataformas internacionales de moda más relevantes.

CPHFW también es cuidadosa en señalar que estos requisitos no constituyen una certificación de que una marca sea “sostenible”. Es una distinción importante frente al riesgo de greenwashing: se establecen expectativas, documentación y procesos de revisión, sin asumir que la sostenibilidad sea un estado absoluto.

Pero la verdadera revolución puede estar fuera de la pasarela

Hay otro elemento de Copenhague que me parece igualmente transformador y del que hablamos mucho menos: la democratización de la moda.

Las Fashion Weeks tradicionales fueron creadas esencialmente para compradores, prensa, celebridades y personas vinculadas con la industria. En Copenhague esa frontera comienza a hacerse mucho más permeable.

No todos los desfiles de CPHFW son abiertos al público —muchos continúan funcionando mediante invitación—, pero alrededor del calendario oficial existe deliberadamente una programación de eventos, conversaciones, instalaciones, showrooms y algunas presentaciones abiertas a cualquier persona.

Durante SS27, por ejemplo, el programa oficial de conversaciones estuvo abierto gratuitamente al público bajo un esquema de first come, first served. GANNI abrió su showroom para que cualquier persona pudiera conocer su colaboración con STEM y participar en una conversación sobre innovación y materiales. El pop-up de Anne Sofie Madsen presentó prendas de Nike reconstruidas junto con piezas de archivo y también abrió sus puertas al público.

Incluso hubo propuestas que rompieron completamente con la idea tradicional del desfile. La marca infantil Wheat transformó una pasarela en un espacio de juego público en Hauser Plads.

El mensaje implícito es poderoso: la moda no necesariamente tiene que suceder detrás de una puerta cerrada.

Llegar en bicicleta también es una declaración de moda

Quizá ninguna imagen explica mejor el fenómeno de Copenhague que ver a alguien perfectamente vestido desplazándose al siguiente evento en bicicleta.

En París o Milán, históricamente parte de la escenografía de una Fashion Week ha sido la sucesión de automóviles frente a las entradas de los desfiles. En Copenhague, la bicicleta forma parte natural del paisaje.

No es únicamente estética escandinava. Es consecuencia de una ciudad cuya infraestructura permite integrar la movilidad activa y el transporte público a la vida cotidiana. Y eso inevitablemente termina influyendo en la ropa.

Vogue destacó esta temporada precisamente la presencia de prendas más compatibles con la bicicleta y siluetas relajadas. El street style de Copenhague lleva años construyendo una identidad en la que una persona puede llevar un vestido espectacular, tenis o zapatos planos, una bolsa de diseñador y, simplemente, subirse a una bicicleta.

Aquí aparece una reflexión interesante para quienes trabajamos en sostenibilidad: la transición hacia estilos de vida más sostenibles funciona mucho mejor cuando no exige renunciar al diseño, al placer o a la identidad. La bicicleta no aparece como sacrificio. Aparece como parte del estilo.

La comodidad como una nueva forma de lujo

Y probablemente ahí se encuentre otra de las grandes aportaciones culturales de la moda escandinava. Copenhague parece defender una idea particularmente contemporánea: la comodidad no está peleada con la sofisticación.

Durante SS27 volvieron a aparecer siluetas amplias, prendas fluidas, shorts largos, camisas, tejidos suaves y combinaciones que permiten caminar, trabajar, desplazarse en bicicleta y continuar el día sin necesidad de cambiar completamente de vestuario.

No significa que Copenhague haya eliminado el lujo ni que rechace las marcas aspiracionales. Lo que cuestiona es una definición del lujo basada exclusivamente en la ostentación.

El nuevo lujo puede ser una prenda bien diseñada. Puede ser durabilidad. Puede ser artesanía. Puede ser conocer quién produjo aquello que estamos utilizando. Puede ser reparar una prenda en lugar de desecharla. Y también puede ser, sencillamente, sentirse cómodo dentro de ella.

Esta idea tiene enormes implicaciones para la sostenibilidad porque durante muchos años intentamos convencer al consumidor de comprar responsablemente apelando principalmente a la culpa. Tal vez necesitamos cambiar la conversación. La moda sostenible también puede ser deseable, divertida, cómoda y aspiracional.

Democratizar la moda también forma parte de la “S” de ESG

Cuando hablamos de sostenibilidad en moda solemos concentrarnos —correctamente— en emisiones, agua, materiales, residuos, circularidad y condiciones laborales. Pero existe otra dimensión.

La sostenibilidad también tiene que ver con acceso, inclusión y participación.

Abrir espacios de Fashion Week a estudiantes, consumidores, habitantes de la ciudad y personas que simplemente sienten curiosidad por la moda transforma la relación entre una industria y la sociedad de la que forma parte.

La moda deja de ser únicamente algo que unos cuantos observan desde la primera fila y millones consumen posteriormente a través de una pantalla. Se convierte en conversación. En espacio público. En cultura.

Y esa democratización resulta especialmente interesante porque ocurre al mismo tiempo que Copenhagen Fashion Week endurece las expectativas ambientales y sociales para las marcas. Es decir: más exigencia hacia las empresas y, simultáneamente, mayor apertura hacia las personas.

Copenhague demuestra que la sostenibilidad también puede ser aspiracional

Durante años existió la percepción de que incorporar criterios ambientales significaba limitar la creatividad. Copenhague está demostrando exactamente lo contrario.

Las restricciones pueden convertirse en motores de innovación. La circularidad puede generar nuevos materiales y nuevas formas de diseñar. La movilidad sostenible puede influir en nuevas siluetas. La inclusión puede ampliar nuestra definición de belleza. La artesanía puede recuperar valor frente a la producción masiva. Y abrir la moda a más personas puede hacerla culturalmente mucho más relevante.

Tal vez por eso Copenhagen Fashion Week resulta tan interesante desde una perspectiva ESG. Porque no está planteando únicamente una Fashion Week con menor impacto ambiental. Está comenzando a imaginar otro sistema de moda.

Uno en el que podemos llegar en bicicleta o transporte público. Uno en el que una persona sin invitación también puede participar de algunas de las conversaciones y experiencias que rodean a la industria. Uno donde la comodidad puede tener tanto valor como la ostentación. Uno donde una prenda no necesita gritar cuánto costó para comunicar diseño.

Y uno donde la sostenibilidad comienza a dejar de ser una sección dentro de la estrategia de una marca para convertirse, poco a poco, en parte de las reglas del juego.

Desde ESG México observamos con especial interés este modelo porque quizá la principal lección de Copenhague trasciende por completo a la moda: la sostenibilidad alcanza su verdadero potencial cuando deja de percibirse como una obligación y comienza a transformar aquello que una sociedad considera deseable.

Ese cambio cultural —más que cualquier tendencia de temporada— puede ser el verdadero lujo del futuro.

Firma de Valeria García Sierra